La madre de los monstruos

Guy de Maupassant

Helena

Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.

Mi historia se remonta muy atrás, pero ciertas cosas no se olvidan.

Me había invitado un amigo a quedarme un tiempo en su casa en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del país, me paseó por todos los sitios, me hizo ver los paisajes alabados, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, unos árboles de enorme tamaño o con forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.

Mientras examinaba con exclamaciones de entusiasmo benévolo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con aire desolado que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Ahora iba a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de pronto dio un grito:

—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, debes conocerla.

—¿A quién? —pregunté—. ¿A la madre de los monstruos?

—Es una mujer abominable —prosiguió—, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, a niños deformes, horribles, espantosos, en fin unos monstruos, y que los vende al exhibidor de fenómenos.

»Esos siniestros empresarios vienen a informarse de vez en cuando de si ha producido algún nuevo engendro y, cuando les gusta el sujeto, se lo llevan y le pagan una renta a la madre.

»Tiene once engendros de esta naturaleza. Es rica.

»Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mio. No te cuento más que la verdad, la pura verdad.

»Vayamos a ver a esa mujer. Luego te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.

Me llevó a las afueras de la ciudad.

Ella vivía en una bonita casita al borde de la carretera. Resultaba agradable y estaba muy cuidada. El jardín, lleno de flores, olía bien. Parecía la residencia de un notario retirado de los negocios.

Una criada nos hizo entrar a una especie de pequeño salón campesino y la miserable apareció.

Tendría unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien hecha, vigorosa y sana, el auténtico tipo de campesina robusta, medio bruta y medio mujer.

Sabía de la reprobación general y parecía recibir a la gente con una humildad llena de odio.

—¿Qué desean los señores? —preguntó.

—Me han dicho que su último hijo estaba hecho como todo el mundo —respondió mi amigo—, pero que no se parecía en absoluto a sus hermanos. He querido cerciorarme de ello. ¿Es verdad?

Nos echó una mirada ladina y furiosa y contestó:

—¡Oh, no! ¡Oh, no, señor! Es casi más feo que los otros. Mi mala suerte, mi mala suerte. Todos así, señor, todos así, qué desgracia tan grande, ¿cómo puede nuestro Señor tratar así a una pobre mujer como yo, sola en el mundo? ¿Cómo puede ser?

Hablaba deprisa, los ojos bajos, con aire hipócrita, igual que una fiera que tiene miedo. Endulzaba el tono áspero de su voz y uno se extrañaba de que aquellas palabras lacrimosas e hiladas en falsete salieran de ese gran cuerpo huesudo, demasiado fuerte, con ángulos bastos, que parecía estar hecho para los gestos vehementes y para aullar del mismo modo que los lobos.

—Quisiéramos ver a su pequeño —pidió mi amigo.

Me pareció que se sonrojaba. ¿Quizá me equivoqué? Tras unos instantes de silencio, dijo en voz más alta:

—¿De qué les serviría?

Y había vuelto a enderezar la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y con fuego en la mirada.

—¿Por qué no nos lo quiere enseñar? —insistió mi compañero—. A otra gente sí que se lo enseña. ¡Sabe de quién hablo!

La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, dando rienda suelta a su ira, gritó:

—Diga, ¿pa’ eso han venido? ¿Pa’ insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo van a ver, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué les dará a todos por torturarme así?

Venía hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido o más bien de maullido, un lamentable grito de idiota salió del cuarto vecino. Me hizo estremecerme hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.

—Tenga cuidado, Diabla —en el pueblo la llamaban la Diabla—, tenga cuidado, tarde o temprano le traerá mala suerte.

Se echó a temblar de furor, agitando sus puños, desquiciada, gritando:

—¡Váyanse! ¿Qué me traerá mala suerte? ¡Váyanse! ¡Canallas!

Se nos iba a lanzar encima. Nos escapamos, con el corazón en la boca.

Cuando estuvimos fuera de la casa, mi amigo preguntó:

—¡Pues bien! ¿La has visto? ¿Qué te parece?

—Cuéntame ya mismo la historia de esa bruta —pedí.

Y he aquí lo que me contó mientras volvíamos con pasos lentos por la blanca carretera general, orlada de cosechas ya maduras, que un viento ligero, a ráfagas, hacía ondular como a un mar tranquilo.

Hace tiempo, esa chica servía en una granja; era trabajadora, formal y ahorradora. No se le conocían enamorados, no se sospechaba que tuviera debilidades.

Cometió una falta, como lo hacen todas, una tarde de cosecha, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece estar lleno de un calor de horno y empapa de sudor los cuerpos morenos de los muchachos y de las muchachas.

Pronto se dio cuenta de que estaba embarazada y la atormentaron la vergüenza y el miedo. Para esconder su desgracia a toda costa se apretaba con violencia el vientre con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por la presión del niño que iba creciendo, más apretaba el instrumento de tortura: un verdadero martirio. Pero se mantenía valiente ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar que se viera ni se sospechara nada.

Desgració en sus entrañas al pequeño ser oprimido por la horrible máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cabeza apretada se alargó, se desprendió en forma de punta con dos gruesos ojos saltones que salían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como la madera de las vides, se alargaron desmesuradamente, acabados en dedos semejantes a las patas de las arañas. El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.

Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.

Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron lo que le salía del cuerpo, se escaparon gritando. Y corrió el rumor en la región de que había parido un demonio. Desde entonces la llaman “la Diabla”.

La echaron del trabajo. Vivió de la caridad y quizás de amor en la sombra, ya que era buena moza, y no todos los hombres temen el infierno.

Crió a su monstruo, a quien por cierto aborrecía, con un odio salvaje, y a quien quizás habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera asustado con la amenaza de la justicia.

Ahora bien, un día, unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso engendro y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó y pagaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Ella, primero vergonzosa se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de esa gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, azuzándoles con las deformidades de su hijo, alzando sus precios con una tenacidad de campesino.

Para que no la robaran, les hizo firmar un papel. Y se comprometieron a abonarle además cuatrocientos francos por año, como si tomaran ese bicho a su servicio.

Aquella ganancia inesperada enloqueció a la madre y ya no la abandonó el deseo de dar a luz a otro fenómeno, para disfrutar de rentas como una burguesa.

Como era muy fértil, consiguió lo que se proponía, y se volvió hábil, parece ser, en variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía padecer durante el tiempo del embarazo.

Tuvo engendros largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron, y se sintió afligida.

La justicia intentó intervenir, pero no se pudo probar nada. Se la dejó pues fabricar sus fenómenos en paz.

En este momento tiene once engendros bien vivos, que le proporcionan, año tras año, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no está colocado todavía, el que no ha querido enseñarnos. Pero no se lo quedará mucho tiempo, porque hoy en día todos los feriantes del mundo la conocen y vienen de vez en cuando a ver si tiene algo nuevo.

Incluso organiza subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.

Mi amigo calló. Una repugnancia profunda me levantaba el corazón, así como una ira tumultuosa, un arrepentimiento de no haber estrangulado a aquella bruta cuando la tenía al alcance de la mano.

—¿Pero quién es el padre? —pregunté.

—No se sabe —contestó—. Tiene o tienen cierto pudor. Se esconde o se esconden. A lo mejor comparten los beneficios.

Ya no pensaba en esa lejana aventura hasta que vi, hace unos días, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada por hombres que la respetan.

Iba por la playa arenosa con un amigo, el médico de la estación. Diez minutos más tarde, vi a una criada que cuidaba a tres niños envueltos en la arena.

Unas pequeñas muletas que yacían en el suelo me conmovieron. Noté entonces que los tres pequeños seres eran deformes, jorobados y corvos, horrorosos.

—Son los productos de la encantadora mujer con la que acabamos de cruzarnos —me dijo el doctor.

Una lástima profunda por ella y por ellos se apoderó de mi alma.

—¡Oh, pobre madre! —exclamé—. ¡Cómo puede seguir riéndose!

—No la compadezcas, querido amigo —respondió el doctor—. Son los pobres pequeños a quienes hay que compadecer. Ésos son los resultados de las cinturas que permanecieron finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe perfectamente que se juega la vida. ¡Qué más le da, con tal de ser bella y amada!

Y recordé a la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.

El mito de Er

El mito de las tres ParcasTodos temen a la sombra de la muerte, pero para Er, ella alumbró el camino de su vida. Cuenta el mito que este soldado fue muerto en combate, sin embargo, luego de diez días, su cuerpo aún estaba incorrupto; y antes de ser llevado a la tumba, volvió a la vida para relatar su asombrosa historia.

Er llegó ante una asamblea que juzgaba a las almas. Si había sido buena, debía tomar una puerta rumbo a un lugar de recompensas, si por el contrario había sido ambicioso o hecho el mal, según la costumbre, debía pagar diez veces el tiempo de su vida con sufrimiento. Luego de esto, salían a un prado en donde el ambiente era como la luz del arcoíris. Se les permitía deambular por un día, pero luego, debían elegir un destino que cumplirían como nuevos miembros de la humanidad, naciendo de una hembra humana embarazada.

Las Moiras, hijas de la Necesidad, hilaban la lana del destino, gruesa como un alambre, y la enrollaban en un carrizo que determinaba la belleza, la riqueza, la vida sencilla o la sabiduría. El primer hombre en escoger tenía hambre de poder, y al extender el cordel supo que a cambio debía sacrificar la vida de sus hijos. Apesadumbrado, intentó embobinar el hilo y evitar su destino, pero ambos, el poder y la tragedia, debían realizarse. Al final, todos se embarcaron en el río del olvido, también Er, aunque él no bebió de sus aguas, sino que despertó para contar su historia.

  1. Deduce la regla ortográfica que se aplica en las palabras en negrilla y escríbela en tu cuaderno.
  2. Haz una lista con las palabras que cumplan con la misma regla en toda la lectura.
  3. Escribe con esas palabras, un párrafo que relate datos nuevos sobre Er y que se relacionen con la historia.
  4. Investiga diez palabras que cumplan la misma regla y que no estén en este ejercicio. Luego, redacta un telegrama en el que las utilices, trata de ser lo más breve que puedas.

El campanario

torre desde la entrada (1)Todo empezó en el campamento. Los diarios dijeron que aquel hombre era igual a cualquier otro empleado, solo que menos simpático. En la empresa, su jefe inmediato me dijo que no había mostrado ningún comportamiento incorrecto, y que de hecho, vestía siempre impecable, se destacaba porque era implacable con el cumplimiento de las reglas, pero que en varias ocasiones había notado que no era capaz de improvisar.

Al explorar el lugar, me encontré un angosto camino empedrado que me llevó hasta un ruinoso campanario. Saque mi lámpara de mano, empujé sutilmente la puerta y agucé el tímpano, era claro que nadie había estado allí en mucho tiempo. Al intentar dar el primer paso, me impresionó un grupo de murciélagos que salió volando por el campanario hacia el campo, era imposible que me acobardara con tan poco.

Aquella era solo una vieja torre, poco amplia, sin mucho que ver. Afuera empezaba un temporal, por lo que decidí ampararme de la lluvia. Pensé que me había equivocado al ser compasivo y no obligar a mi acomplejado asistente a que me acompañara. Después de todo, era su cumpleaños, y hubiera sido complicado convencerlo de acampar cerca de un camposanto. Posé la linterna en una esquina y descubrí una entrada angosta que se ampliaba conforme avanzaba. Esta llevaba a un complejo laberinto que olía a carne corrompida.

  1. Lee el primer párrafo y deduce qué regla ortográfica se aplica en las palabras subrayadas. Escríbela en tu cuaderno.
  2. Lee el segundo párrafo y subraya las palabras que coincidan con la regla que dedujiste.
  3. Lee el tercer párrafo. Luego escribe otro párrafo que concluya la historia. Debes utilizar diez palabras que cumplan con la norma; puedes emplear tres de las que subrayaste y mínimo siete de las que se presentan a continuación:
  • vampiro
  • amputar
  • ampolla
  • campeón
  • campesino
  • chimpancé
  • competir
  • complexión
  • comprar
  • desamparo
  • champú
  1. Escribe al menos diez palabras que cumplan la regla ortográfica utilizada y no estén en este ejercicio. Luego, redacta cinco oraciones que incluyan dos de ellas cada una.

Fiesta de agosto

Una de las celebraciones más importantes de la Ciudad de Guatemala es la del 15 de agosto. Alrededor de esta festividad patronal giran la devoción, la diversión y la alegría, no solo de los que viven en la capital sino en la provincia y hasta del extranjero. Esta conmemoración se lleva a cabo desde 1801 en la Ciudad de Guatemala, en la zona 2, en honor de la Virgen de la Asunción.

Feria de Agosto, de Jocotenango o de la Asunción son casi sinónimos para quienes se dan cita en la avenida Simeón Cañas alguno de los 10 días que dura la fiesta. Pero esos términos ya se relacionaban en 1690, tanto en los documentos oficiales como en las crónicas, y más tarde en la literatura propiamente dicha, convirtiéndose en un pintoresco tópico para los escritores.

Cuadros de costumbres

José Milla y Vidaurre (1822–1882), uno de los más reconocidos narradores guatemaltecos, plasmó en el libro Cuadro de costumbres un vernáculo repaso de la feria. Cuenta al inicio del texto que acudió un 15 de agosto, probablemente de 1862, al campo de la festividad como un observador perspicaz, lo que tuvo como resultado la descripción del ambiente cotidiano y particular.

Millares de pitos de Patzún soplados por vigorosos alientos infantiles, producen un ruido infernal capaz de romper los tímpanos menos delicados”.

Además, describió la avenida cual pasarela de lujo, por la cual “damas elegantes cabalgando briosos alazanes, pasan y vuelven a pasar de un punto a otro sin saber por qué ni para qué, a no ser para tener el gusto de ver y más aún la satisfacción de que las vean”.

Criticó la exageración de la crinolina o armazón de metal para el vestido femenino, y mencionó el agua loja, las tunas de Panajachel, las camuesas de Totonicapán, la chancaca y las nueces de Momostenango.

Milla contrastó la elegancia de los asistentes que lucían blanquísimos guantes y los rústicos regateos por ganado, con la alegría de los niños y las camorras de los jóvenes. “Gran concurrencia, mucho rocín, mucho coche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y que no se venden, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces, esto es, poco más o menos, la feria de Jocotenango”.

La pluma del cubano José Martí, quien estuvo en el país en 1877, también se vio ocupada en describir esta fiesta en su libro Guatemala.

“(…) pero más allá brilla al sol el humilde Jocotenango, lugar de ciruelas, (…) con su valle tapizado de carruajes, con su feria de ganado, donde el caballo chiapaneco piafa, el novillo hondureño corre, el cerdo imbécil gruñe, bala la linda oveja“.

El escritor sucumbió, además, por la gastronomía. “…pepián suculento, el ecléctico fiambre, picadísimo chojín, pican allí los chiles mexicanos, y la humilde cerveza se codea con excelentes vinos graves. Hace de postres un rosario cuyas cuentas de pintada paja encubren delicada rapadura. (…) y, en Jocotenango, ¿quién no gusta los jugosos jocotillos, rivales de la fresca tuna?

Época liberal

Los gobiernos liberales tuvieron injerencia en el barrio (zona 2), por lo que a partir de 1871 se hicieron cambios que buscaban acrecentar el comercio en la feria, para lo cual la Sociedad Zootécnica importó toros Durman y Devón. Se instauraron carreras hípicas y jaripeos, para lo que se construyó el Hipódromo del Sur.

Justo Rufino Barrios, sin embargo, ordenó que se edificara otro en el norte e incorporó el pueblo a la capital en 1879. Esas actividades constituyeron la principal diversión para las clases altas durante varios años.

El periodista, historiador y escritor Ramón A. Salazar en el texto Tiempo viejo (1896) describió las golosinas que aún hoy se venden en la feria. “De Amatitlán: pepitoria, chancacas y colación, alborotos, niguas y dulces de azúcares clarificadas y teñidas con colores inofensivos; figurando animales de las más diversas especies; de San Martín Jilotepeque las rapaduritas en forma de rosarios, envueltas en hojas de maíz teñidas de los más diversos tintes, con los cuales era de moda adornar el pecho de los caballos o de los mismos jinetes, que se les atravesaban de izquierda a derecha y con los cuales iban algunos tan contentos y satisfechos”.

En el tiempo de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920), los juegos de azar eran parte común de la feria. Se colocó alumbrado público en el barrio y se construyeron bellas residencias.

Lázaro Chacón (1926-1930) nacionalizó esta celebración en 1928 e instituyó como días principales el 13, 14 y 15 de agosto.

Pero justo en esta fecha hubo serias pugnas entre vecinos y vendedores, por el espacio. Para resolverlo se formaron comités que, además, buscaron rescatarla de la decadencia.

El general Jorge Ubico Castañeda (1931-1944) revitalizó la feria agostina promoviendo exposiciones pecuarias y premios a los mejores artesanos en distintas ramas. Además, de 1937 a 1943, se edificó la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción,donde se venera a la virgen hasta hoy.

Los gobiernos de la Revolución de Octubre (1944-1954) le dieron un carácter mucho más popular y organizaron exposiciones agrícolas, ganaderas, así como corridas de toros.

El cronista de la Ciudad, Miguel Álvarez, relata en el texto Andanzas de laNía Chabela (1980) cómo toda la actividad comercial y mundana de la feria se combinaba con la fe. “(…) La Nía Chabe tomaba camino para la iglesia Nuestra Señora de la Asunción de Jocotenango para rezar, entonaba alabados con su aguda voz, la cual salía de lo más profundo del corazón. Posteriormente los indígenas organizaban el rezado con la imagen de la Virgen de la Asunción —llamada Virgen de los Indios—, recorría las calles del pueblo entre pólvora y loas”.

En las crónicas

Antes de que la literatura se constituyera formalmente, fue la crónica el recurso que se utilizó para registrar los acontecimientos no solo históricos sino narrativos. Uno de los primeros ejemplos es la crónica escrita por el militar criollo Antonio de Fuentes y Guzmán, enRecordación Florida, en la cual denomina a Jocotenango como un barrio de la antigua capital del reino en donde se celebraba una fiesta en honor de María. Este se encontraba al oeste de la cabecera de Jocotenango, actual Ruta Nacional 14 de por medio, entre las fincas Las Victorias, Buena Vista, San Isidro y La Azotea.

Era un “pueblo de indios”, conformado, según el historiador Luis Luján en el libro Guía de Antigua Guatemala (1981) por descendientes de aquellos que vinieron desde lo que hoy es México apoyando a las tropas invasoras. En cambio, a criterio de Fuentes y Guzmán, habría sido fundado por el mismo Pedro de Alvarado en un terreno de su propiedad donde vivían los indígenas cedidos como servidumbre por el señor de Utatlán. Lo resaltante es que aquellos pobladores estaban libres de tributo según cédula real y el pueblo era próspero.

Pedro Cortés y Larraz, arzobispo de Guatemala (1767-1779), cita en suDescripción gráfico-moral de la diócesis de Goatemala que los indígenas llegaban desde muchas partes del reino en convites, dependiendo del género de sus productos, que podían ser tejidos, jarcia, especias, jícaras y frutas y los exhibían sobre mesas de pino en las que se procuraban la sombra con petates. Además, era motivo para que tanto las autoridades peninsulares como criollos distinguidos desfilaran con sus mejores galas. La fiesta se celebraba del 14 al 31 de agosto.

También venían los “guachibales, con los que se hacían engaños y reuniones para practicar ritos idólatras”, afirma el prelado. Al respecto, Fuentes y Guzmán explica que esta práctica corresponde al santo de cada familia, que algunas veces también era representado por un animal, ataviado con plumas y alzado en un anda decorada como una selva.

A pesar de que estas imágenes eran parte de un culto privado y ostentoso, también participaban del día de la patrona.

Pero Santiago de los Caballeros de Goatemala no sobreviviría como capital del reino ante la furia de la naturaleza. El 29 de julio de 1773, la gente corría alarmada oyendo tañer violentamente las campanas y buscando refugio del agua que corría a torrentes mientras las construcciones se desmoronaban.

La ciudad fue considerada pérdida total y las juntas generales y el Consejo de Indias resolvieron el traslado al Valle de La Ermita.

Pero algunos se quedaron, entre ellos la mayoría de los pobladores de Jocotenango. Avecindarlos en el nuevo barrio, anexado también a la incipiente capital del reino, no fue fácil. La opción fue tomar las imágenes y retablos del antiguo templo de la Asunción y llevarlos al nuevo, en 1776.

Pero la razón de la renuencia de los indígenas no era tan simple y podría haberse basado, más bien, en el hecho de que al cambiar de residencia pasarían a servidumbre, pues debían construir la ciudad y las casas de los principales sin paga, según datos de la investigación de Ofelia Columba Déleon Meléndez, recopilados en el tomo de Tradiciones Guatemaltecas, titulado La feria de Jocotenango en la ciudad de Guatemala: Una aproximación histórica y etnográfica, del Instituto de Estudios Folclóricos de la Usac.

Nueva etapa

Fue hasta 1801, cuando la ciudad ya prosperaba, que volvió a celebrarse la feria en el área de Jocotenango. El Archivo General de la Nación conserva un mapa de la capital datado en 1842 en el que ya se observa la ciudad con sus 13 cantones y un barrio aledaño, Jocotenango.

En esa época surgieron las primeras quejas de los vecinos, por la extensión del área de la feria, así como por el ruido que producía.

Domingo Juarros, religioso con vocación de historiador, retrató su versión de la actividad en su Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala (1809), describiendo una feria de caballos, mulas y muchas mercancías a la que concurría gran número de gentes.

El cronista de la Ciudad, Miguel Álvarez, agrega que negociar el ganado era una prioridad para las clases privilegiadas, pues era una de las principales actividades económicas del país, y por lo tanto, la feria la tomaba como razón principal.

El escritor Antonio Batres Jáuregui (1847-1929) recuerda añorados pasajes de su infancia generados por sus vivencias en el barrio y la celebración de la feria, que era “centro de ventas y recreo social”.

Describió que sus habitantes eran unos mil 500, albañiles los hombres, y chichiguas o nodrizas las mujeres, la sencilla iglesia, y la plaza donde se imponía una gran ceiba.

“En el humilde templo figuraba una colosal escultura labrada en cedro y traída de La Antigua Guatemala, representando al Eterno Padre, en legendaria efigie de milagrosa fama, pero de ningún gusto estético. Creo que la tosca imagen aún se conserva en San Sebastián. Los indios jocotecos deben haber encontrado en la monumental escultura mucho de lo primitivo de sus abruptos ídolos”, comenta.

Nunca en la feria, aun desde Milla, se han dejado de escuchar las frases que brotan de la idiosincrasia guatemalteca: “Más hubo el año pasado”, “todo ha estado carísimo”, “esto ha estado desierto”, “pensé que no iba a ver un traje como el mío y he visto seis”, “mucha gente”, “jamás olvidaré este día”, que contrastan en el tiempo con las citadas por Déleon: “Pase adelante amorcito”, “¿qué va a querer chula”, “reina, tenemos mesas”; todas ellas parte de la tradición guatemalteca de agosto.

feria

La feria de Jocotenango, José Milla y Vidaurre

La feria de Jocotenango

El día 15 del corriente, a eso de las diez de la mañana, me constituí en Jocotenango, no tanto para ver la fría cuanto para ver los que van a verla. Armado con mi espíritu de observación como un instrumento cortante, fui a reunir los materiales para este articulejo; o hablando con más exactitud, fui a tomar una fotografía de la feria. Si ella aparece desordenada, confusa e ininteligible, podrá ser, o, efecto de torpeza del fotografista, o, por el contrario, demasiada fidelidad del cuadro. Si es lo primero, yo tendré la culpa, si lo segundo, la tendré también, por haber escogido ese punto como objeto del bosquejo. En uno y otro caso, me someto al fallo, y no prometo la enmienda, visto que ni yo se fotografiar mejor, ni hay por acá cosas mejores en que ejercitar el arte. Basta de introducción.

La plaza, las calles y los callejones de Jocotenango han recibido la visita de la policía, anual como la feria, transitoria como ella y como todas las cosas de este bajo mundo. Las paredes (donde hay) están blanqueadas; los poéticos retoños, dejando libre el rustico sofá que cubre un tapiz verde, principio de vegetación que se levan a sus casa, pegado a los trajes, los que tienen la fortuna de disfrutar de la comodidad de esos bancos. Los arboles… los arboles consumación de los siglos. Más de una hora permanecí el día 15 bajo la sombra pedestre, en compañía de un coche, cuatro caballos con sus correspondientes jinetes y una mesa, almacén portátil de golosinas. Tuve el extraño capricho de entablar un dialogo con aquel vegeta, ya fuese porque algunos hombres hemos de charlar hasta con las plantas, ya porque van haciéndose muy raros los individuos del reino humano con quienes puede tenerse un rato de conversación instructiva y agradable.

Pasados los cumplimientos de estilo y el obligado “!cuanto ha que no nos vemos!” yo, que procuro ser bien criado hasta con los arboles, estuve buscando circunloquios y precauciones oratorias para preguntar a mi amigo su edad y su nombre. El pícaro viejo contestó lo primero con una alusión histórica a uno de nuestros últimos capitanes generales del tiempo del gobierno español, y a lo segundo con una descripción científica. No habiendo entendido ni una ni otra, me propuse pasar el caso en consulta con cualquiera de los muchos sabios que tenemos, algunos de los cuales no dejarían de andar aquel día viendo la feria. En seguido me refirió mil detalles curios de más de cincuenta quinces de agosto que había visto pasar; describiéndome los trajes antiguos, los coches antiguos, los hombres antiguos, las mujeres antiguas, el modo con que aquellos cortejaban a estas en la feria antiguamente, en lo cual halle grandes diferencias con la moda actual, aunque él, como buen viejo, declaró todo lo moderno detestable; usos y costumbres de otros tiempos, citándome por ejemplo la crinolina, que dijo ser una exageración del tontillo de sus mocedades. Para poner término a la charla insustancial de aquel anciano descontentadizo, le pregunté como estaba tan descuidado y feo en un día de tanta concurrencia; que había sido de algunos de sus compañeros, cuya falta estaba yo notando desde algún tiempo todos los años, y por qué no se les reponía con árboles jóvenes, un ligero murmullo, como de impaciencia, fue la única respuesta que obtuve, y viendo que no podía sacar una palabra más a aquel caprichoso vegeta, me despedí de mi amarillento y descuidado interlocutor y fui a mezclarme en la baraúnda de la concurrencia.

Entre tanto, ¿dónde está la feria? ¡Oh! ¡la feria! la feria es para la mayor parte de la gente que va a Jocotenango, una cosa secundaria, un pretexto para reunirse, y nada más. ¿Qué importante los bueyes a esa desdeñosa belleza que atraviesa el gentío recostada en el fondo de su carretela? Si se vendiera alguna otra cosa… ¡pero bueyes! ¿Qué tiene que ver con los muletos ese elegante petimetre que por nada de esta vida pondría sus frescos y limpios guantes en contacto con esas inmundas bestias? ¿Qué nos importan los animales con cuernos a mí y a tantos otros como yo, que somos animales de pluma?

No así, por cierto, a don Agatón Cuernavaca, hacendado opulento, que montado en una mula lerda, recorre el campo de la feria desde las seis de la mañana, seguido de un numeroso estado mayor de caporales y de vaqueros, Va en albarda, con grandes estriberas de hierro, de chaqueta, sin chaleco ni corbata, ni otros molestos adminículos, cubriendo sus tostadas facciones un enorme sombrero de palma, como de partideño, Discute científicamente sobre bueyes, caballos y muletos; compra, vende, se agita, se afana, grita, se enfada, hace subir o bajar los precios, es el rey de la feria. Lo vi durante una hora regatear un caballito, y confieso que no me había imaginado pudiese desplegarse tanta habilidad diplomática en tan insignificante transacción. ¡Qué defectos puso don Agatón a la pobre bestia! ¡Como le descubrió mas tachas que si fuese mula de alquiler, todo por quedarse con el jaco por quince pesos! La retorica de Cuernavaca anonadado al propietario, de tal modo, que entrego el caballo y se fue creyendo haber hecho un magnifico negocio. El hacendado ató su nueva compra a la cola de la mula que montaba, y volvió a la ciudad a eso de las tres de la tarde, atravesando las calles principales como un guerrero victorioso que lleva en pos de sí, como trofeo, los despojos del enemigo. El 15 de agosto de 1863, don Agatón Cuernavaca ira a la feria y llevara el mismo caballo, ya gordo y amaestrado; pedirá por el cien pesos, y si le ofrecen ochenta, contestará muy serio: -Mas me costó aquí el año pasado. ¡Oh sublimidad del arte del negociante! ¡Vender caro y comprar barato!

Era ya tarde. Vi, pues, que debía dar punto a mis observaciones. Resumiendo estas, dije para mí: Gran concurrencia, mucho rocín, mucho choche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y animales que no se vende, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces; esto es, poco más o menos, la feria de Jocotenango. Para don Agatón Cuernavaca estuvo buena, pues compro por quince lo que valía treinta. Para don Inocente Patallana estuvo mala, pues, queriendo proporcionar a su familia un rato de distracción volvió a su casa burlado y magullado. La opinión que respecto a la feria expresaría en sus respectivos círculos aquellos dos sujetos debía ser esencialmente diferente, como fue diverso el papel que en ella les destinó la suerte. No fueron menos contradictorios los juicios que tuve ocasión de oír a los mismos que venían de Jocotenango en la tarde del 15, en el espacio que media desde aquel pueblo hasta mi casa. –Mucha concurrencia. –Mferia de jocotenango (1)as hubo el año pasado. –Ahora ha sido mayor. –Pocas ventas. –Muchas, pero precios bajos. –Todo ha estado carísimo. -¿La viste? –No ha venido. –Esto ha estado desierto. –Yo creía que no habría un traje como el mío, y he visto seis mejores. –Esto es insoportable. -¡Que hermosa es! -¡Que caballo tan penco el que montaba! – ¡Sera alquilado! – A 25 pesos la mancuerna, ¡que barbaridad! –Mucha gente. –Jamás olvidaré este día. –No hubo nueces. –Buenas tardes.

¿Cómo concilia tan diferentes pareceres sobre las mismas cosas? ¡Inútil empeño! Si de otro modo fuera, el mundo no sería mundo. Quédense pues, cada cual con su opinión y yo con la mía, que creo modestamente la mejor de todas, y convengamos “en que cada cual habla de la feria según la va en ella”.

El gato en las letras

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A dónde van los gatos por las noches? Esta pregunta tal vez pueda responderse de dos formas. La primera es la más lógica y aburrida. La segunda es la que da paso al mundo místico y literario de esos felinos nocturnos.

Los gatos y la Literatura no solo se relacionan en los cuentos infantiles o de brujas. Su relación es más profunda. Podría decirse que es como en el antiguo Egipto, en donde eran motivo de veneración, y quien los dañara podía recibir la pena de muerte. O al estilo de la sociedad romana, en donde eran considerados una mascota exótica y de lujo.

¿Por ser seres libres o por ostentar un ego superior? No hay certeza, pero la relación entre escritores connotados y estos felinos domésticos ha quedado registrada no solo por anécdotas, sino, incluso, les han dedicado algunas letras.

La psicóloga Silvia Palma afirma que  los rasgos de “personalidad independiente, egocéntrica, interesada en el amor condicionado del gato lo hacen ser  un ser creativo,  al igual que el escritor acostumbrado a expresarse libremente”.

Famosos

Cuando el argentino Julio Cortázar iba durante el verano a su casa de Francia, esperaba la visita de Teodoro W. Adorno, un gato “sucio y canalla” que vivía entre la basura. “ (He) escrito casi nada sobre gatos, cosa más bien rara porque gato y yo somos como los gusanitos del yin y el yang interenroscándose”, escribió. Lo cierto es que los gatos no son de nadie, sino de ellos mismos, de tal forma que Cortázar también sufrió por el desprecio que se mereció haberlo dejado por siete meses. ¿Y el Tao, y los amores, y esa manera de jugar con las pelotas de papel que hacíamos con los suplementos dominicales de La Nación? 

Beppo fue el gato de Jorge Luis Borges. Se dice que lo seguía hasta a la cantina y le gustaba jugar con los cordones de sus zapatos. Un díaBeppo se miraba en un espejo y creía ver otro gato, posiblemente a un rival. Eso motivó a Borges a escribir el poema El gato blanco, publicado en el libro La cifra, en 1981. El gato murió después de 15 años de amistad con Borges.

 

Pleito legal

Ernest Hemingway es un caso especial que llega hasta nuestros días. Él tenía un gato con seis dedos en una pata delantera llamado Bola de nieve. Al morir el escritor, el felino se había reproducido y varios de sus descendientes se quedaron a vivir en la casa de Key West, Florida, que hoy está abierta al público como un museo.

En el 2012, unos 40 gatos “perdieron un litigio” contra la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, pues un visitante denunció que estaban descuidados, por lo que el dictamen indicó que debían ser enjaulados  por agentes del Departamento de Agricultura  para su protección, pues forman parte de la exposición de la casa del Nobel.

El recientemente desaparecido escritor mexicano Carlos Monsiváis gozó durante su vida de la compañía de unos 30 gatos, a los cuales consentía cuales niños. Al enfermar, el médico le prohibió tenerlos, debido a que padecía enfisema pulmonar, por lo que decidió mudarse.

Junto a su esposa creó una organización civil llamada Gatos olvidados, que funciona en la Ciudad de México.

Terroríficos

En su particular estilo, Édgar Allan Poe también inmortalizó a su gata Catarina, en la que se inspiró para escribir el cuento El gato negro, que relata cómo, luego de haber matado a su gato, Plutón, otro casi idéntico lo hace delatarse a la Policía, luego de haber cometido un crimen.

Aunque el prolífico escritor estadounidense Stephen King habla poco de su vida personal, se sabe que tiene varios gatos como mascotas. Además, los conocedores de su obra afirman que siempre aparece la figura felina en sus relatos. Al igual que Allan Poe, King lo introduce en el relato como un animal con características sobrenaturales.

Perfecto

Es Pablo Neruda quien le dedica una Oda al gato, al que asigna la categoría del ser más perfecto de la creación. “Mínimo tigre de salón, (…) todo es inmundo para el inmaculado pie del gato”.

 

Publicado el 15/09/13 – 00:00 REVISTA D, Prensa Libre.