Cuadros de costumbres

Fiesta de agosto

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Una de las celebraciones más importantes de la Ciudad de Guatemala es la del 15 de agosto. Alrededor de esta festividad patronal giran la devoción, la diversión y la alegría, no solo de los que viven en la capital sino en la provincia y hasta del extranjero. Esta conmemoración se lleva a cabo desde 1801 en la Ciudad de Guatemala, en la zona 2, en honor de la Virgen de la Asunción.

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La feria de Jocotenango, José Milla y Vidaurre

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La feria de Jocotenango

El día 15 del corriente, a eso de las diez de la mañana, me constituí en Jocotenango, no tanto para ver la fría cuanto para ver los que van a verla. Armado con mi espíritu de observación como un instrumento cortante, fui a reunir los materiales para este articulejo; o hablando con más exactitud, fui a tomar una fotografía de la feria. Si ella aparece desordenada, confusa e ininteligible, podrá ser, o, efecto de torpeza del fotografista, o, por el contrario, demasiada fidelidad del cuadro. Si es lo primero, yo tendré la culpa, si lo segundo, la tendré también, por haber escogido ese punto como objeto del bosquejo. En uno y otro caso, me someto al fallo, y no prometo la enmienda, visto que ni yo se fotografiar mejor, ni hay por acá cosas mejores en que ejercitar el arte. Basta de introducción.

La plaza, las calles y los callejones de Jocotenango han recibido la visita de la policía, anual como la feria, transitoria como ella y como todas las cosas de este bajo mundo. Las paredes (donde hay) están blanqueadas; los poéticos retoños, dejando libre el rustico sofá que cubre un tapiz verde, principio de vegetación que se levan a sus casa, pegado a los trajes, los que tienen la fortuna de disfrutar de la comodidad de esos bancos. Los arboles… los arboles consumación de los siglos. Más de una hora permanecí el día 15 bajo la sombra pedestre, en compañía de un coche, cuatro caballos con sus correspondientes jinetes y una mesa, almacén portátil de golosinas. Tuve el extraño capricho de entablar un dialogo con aquel vegeta, ya fuese porque algunos hombres hemos de charlar hasta con las plantas, ya porque van haciéndose muy raros los individuos del reino humano con quienes puede tenerse un rato de conversación instructiva y agradable.

Pasados los cumplimientos de estilo y el obligado “!cuanto ha que no nos vemos!” yo, que procuro ser bien criado hasta con los arboles, estuve buscando circunloquios y precauciones oratorias para preguntar a mi amigo su edad y su nombre. El pícaro viejo contestó lo primero con una alusión histórica a uno de nuestros últimos capitanes generales del tiempo del gobierno español, y a lo segundo con una descripción científica. No habiendo entendido ni una ni otra, me propuse pasar el caso en consulta con cualquiera de los muchos sabios que tenemos, algunos de los cuales no dejarían de andar aquel día viendo la feria. En seguido me refirió mil detalles curios de más de cincuenta quinces de agosto que había visto pasar; describiéndome los trajes antiguos, los coches antiguos, los hombres antiguos, las mujeres antiguas, el modo con que aquellos cortejaban a estas en la feria antiguamente, en lo cual halle grandes diferencias con la moda actual, aunque él, como buen viejo, declaró todo lo moderno detestable; usos y costumbres de otros tiempos, citándome por ejemplo la crinolina, que dijo ser una exageración del tontillo de sus mocedades. Para poner término a la charla insustancial de aquel anciano descontentadizo, le pregunté como estaba tan descuidado y feo en un día de tanta concurrencia; que había sido de algunos de sus compañeros, cuya falta estaba yo notando desde algún tiempo todos los años, y por qué no se les reponía con árboles jóvenes, un ligero murmullo, como de impaciencia, fue la única respuesta que obtuve, y viendo que no podía sacar una palabra más a aquel caprichoso vegeta, me despedí de mi amarillento y descuidado interlocutor y fui a mezclarme en la baraúnda de la concurrencia.

Entre tanto, ¿dónde está la feria? ¡Oh! ¡la feria! la feria es para la mayor parte de la gente que va a Jocotenango, una cosa secundaria, un pretexto para reunirse, y nada más. ¿Qué importante los bueyes a esa desdeñosa belleza que atraviesa el gentío recostada en el fondo de su carretela? Si se vendiera alguna otra cosa… ¡pero bueyes! ¿Qué tiene que ver con los muletos ese elegante petimetre que por nada de esta vida pondría sus frescos y limpios guantes en contacto con esas inmundas bestias? ¿Qué nos importan los animales con cuernos a mí y a tantos otros como yo, que somos animales de pluma?

No así, por cierto, a don Agatón Cuernavaca, hacendado opulento, que montado en una mula lerda, recorre el campo de la feria desde las seis de la mañana, seguido de un numeroso estado mayor de caporales y de vaqueros, Va en albarda, con grandes estriberas de hierro, de chaqueta, sin chaleco ni corbata, ni otros molestos adminículos, cubriendo sus tostadas facciones un enorme sombrero de palma, como de partideño, Discute científicamente sobre bueyes, caballos y muletos; compra, vende, se agita, se afana, grita, se enfada, hace subir o bajar los precios, es el rey de la feria. Lo vi durante una hora regatear un caballito, y confieso que no me había imaginado pudiese desplegarse tanta habilidad diplomática en tan insignificante transacción. ¡Qué defectos puso don Agatón a la pobre bestia! ¡Como le descubrió mas tachas que si fuese mula de alquiler, todo por quedarse con el jaco por quince pesos! La retorica de Cuernavaca anonadado al propietario, de tal modo, que entrego el caballo y se fue creyendo haber hecho un magnifico negocio. El hacendado ató su nueva compra a la cola de la mula que montaba, y volvió a la ciudad a eso de las tres de la tarde, atravesando las calles principales como un guerrero victorioso que lleva en pos de sí, como trofeo, los despojos del enemigo. El 15 de agosto de 1863, don Agatón Cuernavaca ira a la feria y llevara el mismo caballo, ya gordo y amaestrado; pedirá por el cien pesos, y si le ofrecen ochenta, contestará muy serio: -Mas me costó aquí el año pasado. ¡Oh sublimidad del arte del negociante! ¡Vender caro y comprar barato!

Era ya tarde. Vi, pues, que debía dar punto a mis observaciones. Resumiendo estas, dije para mí: Gran concurrencia, mucho rocín, mucho choche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y animales que no se vende, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces; esto es, poco más o menos, la feria de Jocotenango. Para don Agatón Cuernavaca estuvo buena, pues compro por quince lo que valía treinta. Para don Inocente Patallana estuvo mala, pues, queriendo proporcionar a su familia un rato de distracción volvió a su casa burlado y magullado. La opinión que respecto a la feria expresaría en sus respectivos círculos aquellos dos sujetos debía ser esencialmente diferente, como fue diverso el papel que en ella les destinó la suerte. No fueron menos contradictorios los juicios que tuve ocasión de oír a los mismos que venían de Jocotenango en la tarde del 15, en el espacio que media desde aquel pueblo hasta mi casa. –Mucha concurrencia. –Mferia de jocotenango (1)as hubo el año pasado. –Ahora ha sido mayor. –Pocas ventas. –Muchas, pero precios bajos. –Todo ha estado carísimo. -¿La viste? –No ha venido. –Esto ha estado desierto. –Yo creía que no habría un traje como el mío, y he visto seis mejores. –Esto es insoportable. -¡Que hermosa es! -¡Que caballo tan penco el que montaba! – ¡Sera alquilado! – A 25 pesos la mancuerna, ¡que barbaridad! –Mucha gente. –Jamás olvidaré este día. –No hubo nueces. –Buenas tardes.

¿Cómo concilia tan diferentes pareceres sobre las mismas cosas? ¡Inútil empeño! Si de otro modo fuera, el mundo no sería mundo. Quédense pues, cada cual con su opinión y yo con la mía, que creo modestamente la mejor de todas, y convengamos “en que cada cual habla de la feria según la va en ella”.